Hoy quiero rendirle homenaje a mi ciudad, Badia del Vallès. En la que tantas cosas he vivido. Cosas de todos los colores, aunque me quedo con los colores bellos, aquellos que dan buena luz a mis recuerdos.

Para quienes no lo sepan, Badia surgió de una época en la que la necesidad, las carencias de mucha gente les indujo a abandonar su tierra de origen en busca de nuevas oportunidades, de un futuro mejor para ellos y sus descendientes. Por los motivos que fuesen, se decidió erigir un pueblo con forma de mapa. Y aquí continúa después de tantos años, de tantas décadas, de tantos cambios en nuestras vidas. Un pueblo con personalidad propia, con sus anchas calles y avenidas, con sus edificios altos, “dentados” o formando estructuras geométricas. Plazas, recovecos inusitados, jardines cuidados por los propios vecinos, algunos de ellos verdaderos vergeles. Con su extraordinario mercado de abastos, bares, comercios. Con sus asociaciones que, con tanta ilusión y esfuerzo nos dotan de alegría, de cultura, de vida.

Carles y Sergio Busquets, Moisés Hurtado. Pero también personas anónimas que luchan a diario y hacen de este enclave un lugar mejor.

La belleza no sólo son ladrillos, sino quienes los habitan. Qué es de una ciudad sin su gente.

Tendrá sus virtudes y defectos, qué duda cabe, pero qué ciudad, qué parte de nosotros mismos no los tiene.

No es extensa. No será la más bella, ni palaciega. No será París ni Venecia.

Pero es ella.

En la que crecí y tanto he vivido.

Después de todo, después de tanto,
gracias siempre.
Mi querida,

Badia.

Badia

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