Lo primero que he hecho al llegar ha sido arrancarme el reloj de la muñeca y lanzarlo con desdén al último cajón de la mesita de noche. Esta es la primera toxina que he querido eliminar de mi cuerpo en mi soñado destino vacacional. Las apreturas del tiempo. Con las maletas a medio camino de los armarios roperos, me desnudo a toda prisa para ponerme el bañador y las chanclas. Dejo la ropa tirada en el suelo del apartamento y camino a grandes zancadas hacia la playa; la más cercana es pequeña y con pedruscos por arena. Pero me da igual, porque ahora soy libre.

A media hora a pie del apartamento hay un lugar muy especial. Es como un cabo en miniatura. Cap de Ras, reza entre la última calle y el primer sendero. Sin darte cuenta, pasas de estar en un bosque de pinos a ver lomas onduladas de vegetación baja, o zonas casi lunares de roca desnuda terminadas en acantilados abruptos y calitas inusitadas e íntimas. Un lugar perfecto para apartarse de los trasiegos del mundo y encontrase a uno mismo.

Eso es precisamente lo que hacía el segundo día. Caminar ajeno a cualquier cosa mundana y entrar en mi abismo interior. En esta atmósfera de las cosas, notaba que mi mente era diferente. En un estado, cómo decirlo, de nirvana espontáneo. Cualquier preocupación, complejo o vulnerabilidad no eran de mi propiedad.

Uno de los senderos, tras los últimos pinos, desciende a una planicie de hierbas muy altas, culminando en una playa, la más grande de la zona. Mis pies, no yo, me conducían hacia ese destino…

…hasta que algo sucede.

El mundo se para.

Las olas del mar, una golondrina que pasaba, una mariposa sobre una flor, las nubes, de pronto se quedan congeladas en su posición. Dejo de percibir brisas, o sonido alguno. Aunque me consta que puedo moverme, yo tampoco puedo hacerlo al principio, dado mi estupor.

Advierto que, mirando a la derecha, hay un claro entre la vegetación. Justo en medio, atisbo una mesa cubierta con un mantel a cuadros rojos y blancos, platos de plástico con pollo y hortalizas preparadas para cocinar, cuencos con fritada de tomate, alioli y aceitunas gazpachas; y un recipiente con hielo, refrescos y botellines de cerveza. Al lado, una barbacoa con las brasas encendidas. Tres sillas. Un niño y un adolescente sentados. Aunque desde donde estoy no los veo con claridad, me resultan extrañamente familiares, así que me acerco, para volverme a quedar petrificado. ¡Soy yo mismo, en dos etapas de mi vida!

Sobre la mesa también hay una nota, con una linea escrita. Al parecer, de mi puño y letra.

“Despídete de ellos. Son tu pasado”

Ya lo entiendo todo.

Me encanta cocinar así que lucho para olvidar lo surrealista de todo esto, cojo las pinzas y coloco la carne y las verduras sobre la parrilla. El olor a barbacoa siempre me ha parecido sublime, un sinónimo de alegría de vivir y festejar que una velada puede ser estupenda. Abro una cervecita. “Para el cocinero”, pienso. Mis acompañantes me miran y sonríen al unísono mientras me imitan agarrando sendas bebidas.

Comemos juntos, bebemos nuestras cervezas y naranjada. Aunque esta no sea una experiencia habitual, reímos, nos abandonamos al disfrute y festejamos, a sabiendas de que será la última vez que lo hagamos.

Finalmente, haciendo caso a la nota, me levanto de la silla y mis pensamientos hablan.

– Adiós, amigos “yos” de mi pasado. Aquí termina nuestra andadura juntos. Nunca más nos volveremos a ver. He estado demasiado tiempo pensando en vosotros, y eso me ha lastrado. Eso sí, conservaré en la memoria nuestros buenos momentos, mientras que los adversos servirán, únicamente, para ser un poco mejor cada día. No quiero nada más en mi mochila. He de hacerle espacio a cosas nuevas. Así que es mejor que nos despidamos para siempre. Aún me quedan unos días de vacaciones, y otros tantos de vida. Quiero aprovecharlos todo lo que pueda. Entendedlo. Brindemos una última vez. Por el presente, por el futuro. Por el yo que merezco ser.

Sólamente yo.

Me nublo. Lloro feliz. No puede ser. Esto no puede estar sucediendo. Sólo puede ser un…

Despierto tumbado en la playa, la del final de la planicie, y empieza a anochecer. Parece que todo vuelve a moverse. Rumor de olas, pausadas, supongo que cansadas de azotar durante la jornada; les llega su momento melancólico. Estoy algo aturdido. ¿Lo habré soñado? A juzgar por mi regusto a asado y cerveza, empiezo a dudarlo.

La playa está sola, aunque hay un hombre de edad avanzada a unos metros delante de mí, de espaldas, sentado en una hamaca, contemplando el mar. Una copa de vermouth rosado en la mano izquierda, levantada con estilo. Viste de lino blanco de arriba a abajo, abarcas del mismo color en los pies y un sombrero Panamá culmina su estampa. Piel morena y arrugas.

Me levanto disponiéndome a saludarle. Pero se me anticipa.

– Buenas noches, cocinero.
Me aproximo a él, desconcertado y curioso al mismo tiempo.
– B…uenas noches. Permítame la pregunta, ¿le conozco? ¿O me conoce usted a mí?
Apura la bebida, posa la copa en la arena y, tras una pausa, se levanta despacio, tranquilo, y se da la vuelta.
– Podría decirse que, de alguna manera, sí que te conozco. Pero es imposible que en tu caso puedas conocerme a mí. Pero, por favor… no me llames de usted, ¿Ok?
– Ok. No te llamaré de usted, señor…
– Soy tu futuro.

Palidezco.
El término “sentirse extraño” se queda demasiado corto para lo que está pasando por mi mente en ese instante. Aunque empiezo a acostumbrarme. ¿Es un sueño? ¿O un sueño dentro de otro sueño? ¿deliro? Hago un esfuerzo sobrehumano para abstraerme; me sobrevienen ganas de preguntarle lo imposible.
– ¡¿Así seré yo en el futuro?! ¡¿Como us… digo como tú?!
– Si no te parece mal, preferiría no hablar demasiado sobre eso. De hecho quería verte, para decirte algo.
– Desde luego.

Rodea mis hombros con sus brazos y me invita a pasear a su lado. Pese a mi rigidez cedo a su invitación.

– Vales mucho, amigo mío. Doy fe. Por cierto, gracias por despedirte de tu pasado. Lo que cuenta es hoy. Y mañana a través de hoy. Sé tú. Lo mejor que puedas llegar a ser. Si tienes las ganas de querer serlo. A lo mejor todo esto es un sueño, o una ilusión, y nunca existiré. A lo mejor soy yo quien te sueña a ti, y despierto siendo un niño, con hambre de vivir. Quién sabe. Pero… ¿qué pierdes intentándolo? ¿No sería maravilloso que los sueños se convirtiesen en realidad?.

– Tú piénsalo. Te quiero, pero dentro de un rato me tendré que despedir. Para siempre.

– Se me olvidaba. Tengo 2 entradas para un concierto de Rachmaninov. Para ti y quien tú quieras -un guiño-. ¿Te va la clásica?

Caminamos, charlando, al resto de mi vida.

Aunque a lo mejor era un sueño.

Pasando por unas merecidas vacaciones.

https://www.youtube.com/watch?v=qQCH0QPoCfs

Cap de Ras

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