Tras la luz

Saltando los charcos de lo malo entre la verde hierba de lo bueno. Habrá caminos más tranquilos, o mejor aún, calzados más adecuados, al otro lado de las colinas del miedo.

Para todo. Para siempre. Y si ésta, la senda, se acaba, en esa maldita frontera del fin de todo, a buen seguro que me encontraré con mi propio reflejo. Y me miraré. Y sonreiré. Eternamente. Una vida vivida. Adiós. Quizá hola. Si renazco en algo: una ameba, una hormiga, una mota de polvo pretendiéndose instalar bajo un sofá, entonces todo se entrelazará para buscar un sentido. Una nada con ambición de algo más que la oscuridad.

Siempre tras la luz.

Si leer es esto

Si leer es vida, entonces estamos muy vivos.
Si leer es viajar, entonces siempre tenemos las maletas hechas.
Si leer es buscar, siempre encontramos.
Los libros envejecen pero nunca mueren, si no se lo permitimos.
Quienes lo escriben tampoco llegan a irse del todo. Sus trazos de realidad y fantasía siempre son eternos, se transmiten de alma a alma, si estamos atentos.
Las historias escriben historias buscando sueños propios y ajenos.

En el tren, en la biblio, en el césped del parque, con un vermouth; con la tenue luz de una lamparita, con la espalda apoyada en el cabezal de la cama. Tic tac, silencio sólo roto, yo diría más bien acariciado, por la cuerda del despertador. Ese susurro de la hoja dejándose pasar por los dedos, ese libro confortado por nuestro regazo, para proseguir esa historia, cuando los ojos empiezan a pesar demasiado, y se van cerrando, y se hunden en una danza de sueños.

Si leer es todo eso, entonces me gusta leer.
https://www.youtube.com/watch?v=Jf2J0ykoW2A

Discapacitados

Son aquéllos que no toleran la diferencia.

Son aquéllos que se quedan sólo con la superficie ajena, convirtiéndola en su única verdad.
Son aquéllos que se burlan de los defectos o carencias del prójimo.

Son aquéllos que carecen de sensibilidad ante el dolor o el sufrimiento, que no se emocionan, que nunca lloran.

Son quienes se ríen de los demás, y no con ellos.

Son quienes se creen superiores por ser más pudientes, listos o atractivos, sin mirar mucho más allá de su ombligo.

Son quienes envidian de forma insana a los demás porque no son capaces de encontrarse a sí mismos.

¿Quién es más discapacitado…
aquél que tiene defectos?
¿O quien no los reconoce, quien no ve belleza más allá de los defectos ajenos?

Ellas y ellos nos necesitan.

Averigüemos cuán capaces somos.

Dedicado a las personas con síndrome de Down.

Con mucho cariño.

sindrome_down (copia)

Homenaje a Badia

Hoy quiero rendirle homenaje a mi ciudad, Badia del Vallès. En la que tantas cosas he vivido. Cosas de todos los colores, aunque me quedo con los colores bellos, aquellos que dan buena luz a mis recuerdos.

Para quienes no lo sepan, Badia surgió de una época en la que la necesidad, las carencias de mucha gente les indujo a abandonar su tierra de origen en busca de nuevas oportunidades, de un futuro mejor para ellos y sus descendientes. Por los motivos que fuesen, se decidió erigir un pueblo con forma de mapa. Y aquí continúa después de tantos años, de tantas décadas, de tantos cambios en nuestras vidas. Un pueblo con personalidad propia, con sus anchas calles y avenidas, con sus edificios altos, “dentados” o formando estructuras geométricas. Plazas, recovecos inusitados, jardines cuidados por los propios vecinos, algunos de ellos verdaderos vergeles. Con su extraordinario mercado de abastos, bares, comercios. Con sus asociaciones que, con tanta ilusión y esfuerzo nos dotan de alegría, de cultura, de vida.

Carles y Sergio Busquets, Moisés Hurtado. Pero también personas anónimas que luchan a diario y hacen de este enclave un lugar mejor.

La belleza no sólo son ladrillos, sino quienes los habitan. Qué es de una ciudad sin su gente.

Tendrá sus virtudes y defectos, qué duda cabe, pero qué ciudad, qué parte de nosotros mismos no los tiene.

No es extensa. No será la más bella, ni palaciega. No será París ni Venecia.

Pero es ella.

En la que crecí y tanto he vivido.

Después de todo, después de tanto,
gracias siempre.
Mi querida,

Badia.

Badia

Flores en el barro

1946

Cogió el último tren y guardó la foto. “Siempre te llevaré conmigo, en ese lugar del corazón en donde lo poco que ha entrado jamás saldrá” pensó, mientras su mirada andaba perdida en recuerdos macerados en lluvia y llantos gritados en silencio. Imposibles salpicados de esperanza.

12 horas antes, una mujer alemana procedente de Frankfurt escruta tras la ventana del tren la entrada de la Gare de l’est de París. Su única reseña conocida es el rostro de un soldado francés impreso en un papel acartonado. Y una carta de disculpa.

La guerra, el sufrimiento, el extremo hacen aflorar lo peor y lo mejor de nosotros mismos. Una frase repicando en la mente de Jerôme como un aguijón de culpa, que no sabe si aliviar o escocer en aquello que pica. Tuvo que matarlo. Estaba claro que morir no era su primera opción. Aquel general alemán habría acabado con su vida en esas malditas batallas que nunca quiso librar; pero tuvo que hacerlo, porque las circunstancias coincidieron con su tiempo y lugar sin pedir permiso. Así que tuvo que abrirse camino provocando heridas fatales con su fusil en ristre, en perjuicio de una vida enemiga decidida a buscar exactamente lo mismo.

Hace un año que acabó la contienda, pero la inercia aún la mantenía encarnada en su mente. Decidió hacer algo para mitigar su culpabilidad frente a la barbarie que, si bien no engendró, sí había sido partícipe.

Recabó información sobre un general nazi abatido a principios de 1945. Tras muchas dificultades y contratiempos, logró averiguar dónde residía su viuda. Supo que se llamaba Astrid.

Sentado en su secreter a altas horas de la noche, en la tenue compañía de la luz de una lamparita agachada y un tic tac, comenzó a escribir.

 

Estimada señora.

Disculpe mis pocos conocimientos de alemán.

Permítame que me presente. Me llamo Jerôme Eluchans.

Fui yo quien acabó con la vida de su marido.

Entienda usted que tenía que matarlo a él o morir yo.
Pero lamento profundamente que tuviese que ocurrir, que no hubiese otra forma de dirimir diferencias.

Maldita guerra, que tiene que causar estos destrozos en las personas y en las familias. ¿Sabe? Yo tenía una esposa, un hijo y una hija; los perdí a todos a manos de la sinrazón humana. Me quedé solo. No está en mi ánimo juzgar a nadie, pero en mí sólo cabe un profundo pesar, una tristeza que nada en este mundo podría apaciguar.

Sólo deseo que, entendiendo su dolor, sea capaz de rehacer su vida en la medida en que pueda, que algún día vuelva usted a hallar la ilusión, las ganas de continuar luchando, y que las armas que utilice para ello nunca malogren a quienes quiere. Aunque se lo diga a usted, en el fondo también es un pensamiento en voz alta dirigido hacia mí mismo.

Le ruego que no me odie por lo que hice, aunque le pueda comprender.

Atentamente: Jerôme Eluchans.

 

La carta iba acompañada de una fotografía grapada, y el sobre estaba matasellado en el 42 del Boulevard de Vaugirard, en París.

Al leerla, Astrid rompió a llorar. Un llanto de una intensidad difícil de sostener en su cuerpo. Toda su rabia, su ira, su infortunio contenido se concentraron en un hilo agridulce brillante de lágrimas derramadas bajo sus ojos. Jerôme no podía saber lo que su marido supuso para ella. Un infierno en la tierra. Ese hombre la despreció y maltrató, anulando su alegría. Y pese a que lloró su muerte, algo en ella renació.

Sólo lo conocía a través de una carta adjuntada con su fotografía, pero ella se enamoró de ese desconocido.
Tomó la decisión de coger un tren con destino a París.

No conocía su dirección exacta, así que fue a la oficina de correos del Boulevard de Vaugirard. Los empleados se negaron en redondo a facilitarle la información. Deambuló por la ciudad, preguntando a los transeúntes si conocían a un tal Jerôme. No obtuvo respuesta alguna. Estaba desorientada dándole vueltas a las mismas manzanas de uno de los “quartiers”. Al final se sentó en un pequeño café junto al Sena. Con el croissant desmigado en el plato, pareció divisar a Jerôme al otro lado del río. Postrado en una barandilla, cabizbajo, abatido, con el rostro tapado con sus manos. Astrid era la carta de respuesta. Una carta de amor. Dejó una moneda y salió corriendo.

Cogió aquel último tren y guardó aquella foto. “Te querré siempre. Aunque nunca te haya visto, aunque jamás me vea en tus ojos o recorra tus labios, aunque el ocaso nunca nos sorprenda abrazados, aquello que no viví y por lo que moriré poco a poco, que marcaste sin tocar, seguirá siempre vivo”. Curvas en el camino del amor y el destino, siempre buscando una recta que jamás vuelva a girar.

Mientras a Astrid le mecían los traqueteos del desconsuelo, en el vagón contiguo un antiguo soldado francés con nociones de alemán se disponía a olvidar sus desgracias, y atreverse a recomenzar.

 

EPÍLOGO

2010. Barrio de Gràcia. Barcelona.

Una familia celebra, como todos los años, el día de Navidad. Padres, tíos, primos y parejas contando chistes, cantando villancicos y poniéndose morados de turrón, mantecados y cava. Los más jóvenes en su petit comité, con bromitas y tablets. Una familia grande, pero muy unida.

Aunque faltaban ellos, los que la hicieron posible.

Clin clin clin. Una cucharilla y una copa. La mayor de sus hijas quiere decir algo, mirando hacia arriba.

– Pare. Mare. Us estimo molt. Gràcies per lluitar i sobreviure. Gràcies per cercar-vos i trobar-vos. Tota la vostra família us ho agraeix. Per allò que amagàveu al vostre cor, i que la gàbia del destí no va poder mantenir tancat. (*)

Se hace el silencio. 25 copas se levantan al unísono. Emoción. Gratitud. Navidad. Futuro.

Tarde o temprano, la estación de destino llegará. Un andén, dos miradas. Flores creciendo en el barro del amor y la guerra.

http://www.youtube.com/watch?v=cHcunREYzNY

Soldado

 

Nota: este relato surgió a raíz de un encuentro con la escritora y amiga mía Sara Martínez, en el que pactamos escribir una historia cada uno, basándonos en palabras predefinidas. Éste es mi resultado. Y éste el enlace al relato de Sara. http://piensoluegoexisto7.blogspot.com.es/2014/09/la-ultima-carta.html

 

 

* “Padre. Madre. Os quiero mucho. Gracias por luchar y sobrevivir. Gracias por buscaros y encontraros. Toda vuestra familia os lo agradece. Por aquello que escondíais en vuestro corazón, y que la jaula del destino no pudo mantener cerrado.”

** El nombre de los personajes que intervienen en el relato es inventado. Cualquier parecido con la realidad es meramente casual.

Sólamente yo

Lo primero que he hecho al llegar ha sido arrancarme el reloj de la muñeca y lanzarlo con desdén al último cajón de la mesita de noche. Esta es la primera toxina que he querido eliminar de mi cuerpo en mi soñado destino vacacional. Las apreturas del tiempo. Con las maletas a medio camino de los armarios roperos, me desnudo a toda prisa para ponerme el bañador y las chanclas. Dejo la ropa tirada en el suelo del apartamento y camino a grandes zancadas hacia la playa; la más cercana es pequeña y con pedruscos por arena. Pero me da igual, porque ahora soy libre.

A media hora a pie del apartamento hay un lugar muy especial. Es como un cabo en miniatura. Cap de Ras, reza entre la última calle y el primer sendero. Sin darte cuenta, pasas de estar en un bosque de pinos a ver lomas onduladas de vegetación baja, o zonas casi lunares de roca desnuda terminadas en acantilados abruptos y calitas inusitadas e íntimas. Un lugar perfecto para apartarse de los trasiegos del mundo y encontrase a uno mismo.

Eso es precisamente lo que hacía el segundo día. Caminar ajeno a cualquier cosa mundana y entrar en mi abismo interior. En esta atmósfera de las cosas, notaba que mi mente era diferente. En un estado, cómo decirlo, de nirvana espontáneo. Cualquier preocupación, complejo o vulnerabilidad no eran de mi propiedad.

Uno de los senderos, tras los últimos pinos, desciende a una planicie de hierbas muy altas, culminando en una playa, la más grande de la zona. Mis pies, no yo, me conducían hacia ese destino…

…hasta que algo sucede.

El mundo se para.

Las olas del mar, una golondrina que pasaba, una mariposa sobre una flor, las nubes, de pronto se quedan congeladas en su posición. Dejo de percibir brisas, o sonido alguno. Aunque me consta que puedo moverme, yo tampoco puedo hacerlo al principio, dado mi estupor.

Advierto que, mirando a la derecha, hay un claro entre la vegetación. Justo en medio, atisbo una mesa cubierta con un mantel a cuadros rojos y blancos, platos de plástico con pollo y hortalizas preparadas para cocinar, cuencos con fritada de tomate, alioli y aceitunas gazpachas; y un recipiente con hielo, refrescos y botellines de cerveza. Al lado, una barbacoa con las brasas encendidas. Tres sillas. Un niño y un adolescente sentados. Aunque desde donde estoy no los veo con claridad, me resultan extrañamente familiares, así que me acerco, para volverme a quedar petrificado. ¡Soy yo mismo, en dos etapas de mi vida!

Sobre la mesa también hay una nota, con una linea escrita. Al parecer, de mi puño y letra.

“Despídete de ellos. Son tu pasado”

Ya lo entiendo todo.

Me encanta cocinar así que lucho para olvidar lo surrealista de todo esto, cojo las pinzas y coloco la carne y las verduras sobre la parrilla. El olor a barbacoa siempre me ha parecido sublime, un sinónimo de alegría de vivir y festejar que una velada puede ser estupenda. Abro una cervecita. “Para el cocinero”, pienso. Mis acompañantes me miran y sonríen al unísono mientras me imitan agarrando sendas bebidas.

Comemos juntos, bebemos nuestras cervezas y naranjada. Aunque esta no sea una experiencia habitual, reímos, nos abandonamos al disfrute y festejamos, a sabiendas de que será la última vez que lo hagamos.

Finalmente, haciendo caso a la nota, me levanto de la silla y mis pensamientos hablan.

– Adiós, amigos “yos” de mi pasado. Aquí termina nuestra andadura juntos. Nunca más nos volveremos a ver. He estado demasiado tiempo pensando en vosotros, y eso me ha lastrado. Eso sí, conservaré en la memoria nuestros buenos momentos, mientras que los adversos servirán, únicamente, para ser un poco mejor cada día. No quiero nada más en mi mochila. He de hacerle espacio a cosas nuevas. Así que es mejor que nos despidamos para siempre. Aún me quedan unos días de vacaciones, y otros tantos de vida. Quiero aprovecharlos todo lo que pueda. Entendedlo. Brindemos una última vez. Por el presente, por el futuro. Por el yo que merezco ser.

Sólamente yo.

Me nublo. Lloro feliz. No puede ser. Esto no puede estar sucediendo. Sólo puede ser un…

Despierto tumbado en la playa, la del final de la planicie, y empieza a anochecer. Parece que todo vuelve a moverse. Rumor de olas, pausadas, supongo que cansadas de azotar durante la jornada; les llega su momento melancólico. Estoy algo aturdido. ¿Lo habré soñado? A juzgar por mi regusto a asado y cerveza, empiezo a dudarlo.

La playa está sola, aunque hay un hombre de edad avanzada a unos metros delante de mí, de espaldas, sentado en una hamaca, contemplando el mar. Una copa de vermouth rosado en la mano izquierda, levantada con estilo. Viste de lino blanco de arriba a abajo, abarcas del mismo color en los pies y un sombrero Panamá culmina su estampa. Piel morena y arrugas.

Me levanto disponiéndome a saludarle. Pero se me anticipa.

– Buenas noches, cocinero.
Me aproximo a él, desconcertado y curioso al mismo tiempo.
– B…uenas noches. Permítame la pregunta, ¿le conozco? ¿O me conoce usted a mí?
Apura la bebida, posa la copa en la arena y, tras una pausa, se levanta despacio, tranquilo, y se da la vuelta.
– Podría decirse que, de alguna manera, sí que te conozco. Pero es imposible que en tu caso puedas conocerme a mí. Pero, por favor… no me llames de usted, ¿Ok?
– Ok. No te llamaré de usted, señor…
– Soy tu futuro.

Palidezco.
El término “sentirse extraño” se queda demasiado corto para lo que está pasando por mi mente en ese instante. Aunque empiezo a acostumbrarme. ¿Es un sueño? ¿O un sueño dentro de otro sueño? ¿deliro? Hago un esfuerzo sobrehumano para abstraerme; me sobrevienen ganas de preguntarle lo imposible.
– ¡¿Así seré yo en el futuro?! ¡¿Como us… digo como tú?!
– Si no te parece mal, preferiría no hablar demasiado sobre eso. De hecho quería verte, para decirte algo.
– Desde luego.

Rodea mis hombros con sus brazos y me invita a pasear a su lado. Pese a mi rigidez cedo a su invitación.

– Vales mucho, amigo mío. Doy fe. Por cierto, gracias por despedirte de tu pasado. Lo que cuenta es hoy. Y mañana a través de hoy. Sé tú. Lo mejor que puedas llegar a ser. Si tienes las ganas de querer serlo. A lo mejor todo esto es un sueño, o una ilusión, y nunca existiré. A lo mejor soy yo quien te sueña a ti, y despierto siendo un niño, con hambre de vivir. Quién sabe. Pero… ¿qué pierdes intentándolo? ¿No sería maravilloso que los sueños se convirtiesen en realidad?.

– Tú piénsalo. Te quiero, pero dentro de un rato me tendré que despedir. Para siempre.

– Se me olvidaba. Tengo 2 entradas para un concierto de Rachmaninov. Para ti y quien tú quieras -un guiño-. ¿Te va la clásica?

Caminamos, charlando, al resto de mi vida.

Aunque a lo mejor era un sueño.

Pasando por unas merecidas vacaciones.

https://www.youtube.com/watch?v=qQCH0QPoCfs

Cap de Ras

La taberna del puerto

Aroma a vino rancio y madera vieja. Idas y venidas de almas curtidas por los dados del designio. Lágrimas secas, historias bañadas en el chato del olvido. Salitre en la brisa de las callejas, camisas sucias con franjas horizontales de mar y espuma.

EL MARINO Y SU NOVIA

– ¡Tabernero, ponme una copichuela de ron añejo!. ¿Qué quieres, cielo?
– Una pinta. Y berberechos.

La fragata, anclada en el muelle 7, separará a los enamorados durante muchos meses, hasta que él cumpla su noble misión en ultramar.

CELESTINO EN SU SITIO DE SIEMPRE

– Sisco. Lo de siempre.
Sisco le sirve un chato de priorato. Y unos cacahuetes bien tostados.

Durante muchos años, desde que Celestino perdió a su mujer entre docena y media de faldas, ha aprendido lo que es la absoluta fidelidad, siempre en el mismo lado de la barra.

TODOS

Entra un turista extranjero, preguntando por el water close. Al fondo a la derecha.

Al tabernero se le ocurre una extraña idea. Entra en la despensa y acarrea con un gramófono. Nunca ha sabido porqué ha estado siempre estorbando ahí, entre el whisky y la soda. Lo coloca a la vista de todos. Los clientes y el foráneo observan atónitos.

– ¡Señores, señora!. ¡Qué carajo!, bailemos por lo bueno de esta vida. Vaya a ser que no haya otra.

Le da cuerda al gramófono y empieza a sonar la orquesta.

La novia con Celestino, el marino con el guiri y el tabernero con la escoba.

Moraleja: vive, que el barco ya está zarpando.

https://www.youtube.com/watch?v=d-EwvvZWwbg

LaTabernaDelPuerto_2

Ceremonia

Él se abofetea con su aftershave favorito. Le encanta el frescor, el viril perfume que le deja en la cara.
Dibuja un corazón en el espejo empañado, con una inicial en el centro.

Ella da los últimos retoques a su maquillaje. Se sabe bella y sonríe.
Dibuja un corazón en el espejo empañado, con una inicial en el centro.

Él se pone su mejor traje (es la segunda vez que lo hace).

Ella se pone su vestido azul cielo, el mismo que lució en la boda de su hermana, unos cuantos años atrás.

Ambos asistirán, por separado, a una ceremonia. Una ceremonia sin invitados; solos ella y él.

Aún vaga la oscuridad por el paseo marítimo, salvo la luz mortecina-anaranjada de las farolas. El caballero, más que caminar, saborea cada paso que da. Su corazón, tantas veces herido, perderá por un día sus cicatrices. Hay un banco, entre tantos, que es especial. Sólo se sentó en él una vez, al lado de ella.

El ruido del autobús de linea le hace girar su mirada hacia la derecha. Poco después, la forma de una solitaria dama azulada se va perfilando.

Ambos, sentados muy juntos en el banco, con sus hombros rodeados por el brazo del compañero y sus cabezas mútuamente apoyadas, dirigen la vista hacia el horizonte, esperando.

Tímidamente, el negro se va tornando azul. Dos gaviotas, con el buche vacío, vuelan y cantan marineras en busca del desayuno…

… y la limpia silueta del sol se comienza a dibujar.

– No olvidemos nunca este momento.
– Nunca, tesoro. Nunca.

Lágrimas.
El último beso.
De puro amor.

Nunca más volvieron a verse. Ella tuvo 2 hijos y 4 nietos, él sólo una hija. Le puso el nombre de su doncella. Porque la vida pasará, pero su efímera y secreta historia siempre estará presente en los destellos de cada amanecer, para esfumarse tras el ocaso.

https://www.youtube.com/watch?v=AR0-ge-aErE (Ennio Morricone – Addio Monti)

Celebracion_Foto